Quesería Monte Robledo

Quesería Monte Robledo de Aracena – La Sierra y su queso

«Hay que ir a hasta la finca y ver al cabrero con su rebaño. Sólo así podremos imaginar los quesos que vendrán después. Solo lo natural puede competir a este nivel.»

Un queso representa un pueblo como una bandera una nación.

Aracena, la Sierra de Aracena, en sus mágicos valles, montes y colinas, cubre su piel con romero, brezo, aulaga, jara y tomillo. Creciendo a la sombra de encinas, alcornoques y castaños se va entretejiendo un manto verde e intenso de aromas y vidas.

Veredas y caminos suben y bajan, van y vienen en ninguna dirección y a todos los lugares. La mancha de matorral salpica la dehesa o, quizás, al revés, es la dehesa quien permite la mancha. En esta lírica se definen unos pueblos con sus aldeas, una comarca y un Parque Natural.

Caminando por el caprichoso paisaje de vez en cuando, hay viajeros. Encantados de cruzar un arroyo o un pequeño riachuelo, siempre encuentran un momento para la contemplación y recogimiento. En mi Sierra siempre hay tiempo. Quizás, puede que nazca en pequeños brotes, como burbujas azules o verdes, detrás de algunas rocas, las más grandes, o en las umbrías más oscuras.

El cuento que narra las edades al oído del alma se escucha con claridad aquí, justo aquí.

La leyenda del tiempo no se equivoca. Camarón cantó por Lorca y el eco de aquellas notas se entiende por estos parajes. La tradición, la cultura y las costumbres no se improvisan. Una artesanía no se inventa. Se heredan los conocimientos, se maman las maneras y se trabaja desde siempre con un afán como nunca.

Quesería Monte Robledo

Es por una de estas cañadas, entre Aracena y Castañuelo, donde un trabajo hecho en un marco insuperable, toma su nombre y su fama. Para los que amamos los quesos, el de cabra ocupa el lugar de honor. Hay que iniciarse en el mundo de los sabores para apreciar toda su riqueza, al igual que en el arte el profesor llega a ver más allá de lo obvio.

Hay que ir a hasta la finca, a «Los Robledos«, y ver al cabrero con su rebaño. Sólo viendo el marco donde se pastorea y se define la leche podemos hacer referencia a los quesos que vendrán después. Solo lo natural puede competir a este nivel.

Quesos curados y envejecidos en estos mismos aires. Viejos y en aceite, crema de queso o torta, al pimentón, al romero, con orégano o al vino. Los nuevos con nueces o trufas de Teruel. Pasan por mi cabeza mil tapas, recetas y combinaciones con mieles y mermeladas.

Monte Robledo es una marca de siempre, de las que he oído desde niño. Transmitir ese sabor y ese nombre a mi hijo que «flipa» ya con siete años por el queso es un deber tan digno y obligado para mí como padre, como el de su educación. Educamos en valores.

Quesos Monte Robledo
Quesos Monte Robledo

Sabores cercanos

La facilidad de hacer toda la compra en el mismo lugar es la misma que arrastra a la persona a la pereza, la gula o la soberbia. Sería un pecado capital no reconocer la Sierra por su sabor.

Me gusta pasear por Aracena y cuando paso por el centro, de tarde en tarde, entrar y saludar a María Jesús en su abacería. Un queso, nueces, alguna chacina o cualquier otra vianda siempre de la zona termina en mi bolsa. Es uno de esos rincones donde cada vez descubrir algo nuevo o reencontrar un sabor como el que reencuentra un viejo amigo.

Conozco a María Jesús y a su familia desde siempre. Conociendo a una persona se aprende de su oficio. La pasión con la que habla de sus quesos es para mí mucho más sabrosa que cualquier cata o prueba. El sello que el artesano sabe dejar en su trabajo va en la energía y el cariño con el que lo describe.

«Fondue serrana»

Los nuevos tiempos han traído impreso el sello «ecológico» que se le conoce y se le presume como al maestro su sabiduría. No sabría quedarme con uno. El que eligiera para el desayuno no se parecerería al del entremés o la cena. Aunque tengo mi debilidad:

Llegado el tiempo de la chimenea y la candela, antes de poner la mesa, dejo la torta de queso en su cazuelita de barro cerca de las brasas. Para el momento del postre, termino la rebanada de pan en mi «fondue» serrana con la misma solemnidad y admiración como la que pusiera para terminar una ópera o una sinfonía.

¡Quesería de mí sin ti!

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